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Solo se me ocurre un adjetivo que encaja con China perfectamente: caos. China ha sido una experiencia brutal. Allí decidimos escaparnos mis compañeras Rosa, Ruth y yo durante las vacaciones de navidades.
Es tan grande la diferencia entre Japón y China, que creo que ha sido más impactante que si hubiera viajado directamente desde España. Acostumbrado y adaptado ya a la discreción japonesa, sus buenas formas y su gratitud, de repente nos presentamos en un país China. Intentamos coger un taxi para ir del aeropuerto a casa de Rafa y Víctor, los compañeros de embajada en Pekín, y después de que 4 o 5 taxistas nos intentasen timar sobre el precio del trayecto (me recordaba al “son 10.000” del anuncio) por fin encontramos uno honesto que nos lleva a la ciudad por lo que de verdad cuesta. Por supuesto, el taxista no habla nada ingles, así que le mostramos la dirección en un papel para que nos lleve. El taxista no dice ni palabra en todo el viaje, y el único momento en que abrió su boca fue para gratificarnos con un hermoso eructo, supongo que como bienvenida para que nos fuéramos acostumbrando a lo que nos esperaba más adelante. Así empieza nuestra aventura por China.
Lo primero que llama la atención de China, es la asombrosa y tremenda indiscreción de los chinos. Los chinos deben ser gente curiosa por naturaleza, pero lo que llama la atención es su negligente forma de satisfacerla con tanta indiscreción. El primer día en Pekín, pasamos por La Ciudad Prohibida , y las chicas me pidieron que les hiciera una foto en la entrada. Cuando estoy encuadrando la foto, noto como la cabeza de un chino aparece de repente por encima de mi hombro, observando atentamente como hago la foto. Yo que veo una cabeza a mi izquiera, desconfio de las intenciones de este, bajo la cámara, me doy media vuelta y lo miro. El chino se me queda mirando algo desconcertado, como si no entendiera mi reacción, o que la situación de tener su cabeza por encima de mi hombro me resultara algo incomoda. El chino me observa atentamente mientras yo hago lo mismo intentando averiguar cual era la intención de este. Después de unos segundos se da media vuelta y se va. Yo prosigo con la fotografía cuando nuevamente otra cabeza de otro chino aparece por encima de mi otro hombro observando que es lo que estaba haciendo…esta vez decidí no girarme para ver cual era la reacción de este y tomé la foto. Una vez terminada la foto, la cabeza desapareció igual de repentinamente que apareció, y el chino prosiguió su paseo. Es algo digno de ver. Casi pensé que las que deberían haber hecho la foto eran las chicas a mi con la cámara y el chino detrás. Bien, pues esto se convirtió en el pan de cada día. Por la calle cuando sacabas la guía de viaje siempre había algún chino que se paraba a observar por encima de nuestro hombro lo que estábamos mirando. Y no es que nos quisiera ayudar con indicaciones de algún lugar…daría igual si sacáramos de la mochila un libro de Paco Umbral, que el chino se seguiría parando para mirar lo que estabamos leyendo. Y esto se aplicaba a todos los ámbitos; incluso a veces, yendo en taxi, le tuve que pedir a alguna de las chicas que guardase la guía de viajes si no quería provocar un accidente, porque el taxista parecía estar mucho más interesado en lo que ponía en nuestra guía que en la carretera.
Esto se acentuó cuando viajamos a Datong, una ciudad interior de China. Esta era más rural que Pekín, y claro, los 3 extranjeros allí acabaron convertidos en el mono de feria del lugar. Fuéramos por donde fuéramos siempre teníamos a gente alrededor mirando, susurrando o sonriéndonos fascinada a nuestro alrededor. Me sentía auténticamente como un animal de zoológico. De camino a Datong, nuestro compartimento nocturno de 4 plazas lo compartíamos con un chino. Pues nada más salir de la estación, el chino cogió el teléfono móvil y se puso a hablar. Después de que llevara cerca de 10 minutos hablando, yo les comente a las chicas en plan de broma que seguramente el chino estaría llamando a sus amigos para decirles que estaba compartiendo compartimento con los 3 guiris. A los pocos minutos, mientras hablaba con las chicas, el chino me toca el hombro, y cuando me vuelvo me da su teléfono y me dice “ponte”. Efectivamente, era una amiga suya que quería hablar con los guiris de los que el chino le había hablado.
El punto culminante fue cuando decidimos ir a cenar a un restaurante, nosotros tres y una pareja de catalanes que habíamos conocido ese día. Entramos al restaurante y cogimos una mesa, cuando de repente nos dimos cuenta que todos los chinos de la mesa a nuestra izquierda y los de la mesa de nuestra derecha estaban mirando atentamente a ver lo que hacíamos. Como nos quitábamos el abrigo, como nos sentábamos, como sujetábamos los palillos, como bebíamos té…Claro, yo los miraba, y ellos solo me sonreían sin quitarme la vista de encima. Tener a 10 chinos a cada lado, en total 20, observándote detenidamente, algunos incluso con la silla girada para contemplar el espectáculo de los 5 monos de feria comiendo era surrealista. Por supuesto, el resto de las mesas no eran tan descaradas, pero también nos observaban con algo más de discreción.
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La situación alcanzó su punto más álgido cuando uno de los chinos se levanto de su mesa con la intención de tomarnos una foto. A mi, inocentemente, se me ocurrió hacerle un gesto para que se pusiera con nosotros así el también apareciera en la foto. Los 19 chinos restantes que ven como uno de ellos se pone entre nosotros para tomarse una foto, de repente, por la regla de “culo veo, culo quiero” se ponen en pie de un salto y vienen en manada como una avalancha a nuestra mesa. Casi sin darnos cuenta, nos encontramos rodeados de 20 chinos foto-adictos posando a nuestro alrededor, al mismo tiempo que el resto de mesas que hasta ahora se habían mantenido en el anonimato se ponían en pie y sacaban móviles y cámaras para retratar aquel momento. Los flashes destellaban de todas direcciones, como si fuéramos súper-estrellas del Rock. Los 5 españoles nos mirábamos unos a otros, atónitos, sin saber muy bien lo que estaba ocurriendo. La situación había pasado de surrealista a absurda. Y tan pronto como apareció la marabunta, desapareció, y todo volvió a la calma. Así que pudimos disfrutar de una magnifica cena en relativa calma, eso si, rodeado de nuestro recién creado club de fans. |
Otra cosa que tiene China y que llama especialmente la atención es que es un país lleno de guarros! Es increíble. Parece que en ese país debe de ser de mala educación tragarse la saliva, porque, fueras por donde fueras, oías por todas partes a la gente escupir. Y no un ligero escupitajo, sino uno de esos contundentes. Grandes y pequeños, hombres y mujeres, todo el mundo escupe. Y cuando ves a una china joven, guapa y esbelta por la calle que se tapona un orificio de la nariz para lanzar un cúmulo de mocos por el otro a modo de torpedo en la calle!!! Aggghhh, pero bueno!, para que existen los Klinex, chica?!?! Que desencanto! Casi se me pone hasta mal cuerpo. Ese era nuestro día a día. Entre que los chinos son unos guarros en general, y que la polución de una ciudad como Pekín de 15 millones de habitantes es brutal, la ciudad esta llena de mierda.
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Tanto es así, que para que os hagais una idea, algunos taxis llevan una pegatina que indica con la palabra “disinfected” para indicar que ha sido desinfectado recientemente. Y claro, cuando coges un taxi sin esa pegatina, pues puede pasar cualquier cosa. El último día cogimos un taxi sin que estuviera desinfectado, y al ir a echar mano al cinturón de seguridad, me miré las manos y las tenia completamente negras de polvo, como si hubiera estado cogiendo carbón. Me cuesta imaginar como un cinturón de seguridad puede acumular tanta mierda. El conductor me hizo una señal para indicarme que casi mejor que no me lo pusiera…jejeje, que crack el colega! Pues ya me podia haber avisado antes! Pues va a ser que no me lo voy a poner. Prefiero arriesgarme a pegármela sin cinturón antes que ser comido por esa cantidad de mierda. |
Y si esto es así en un taxi, ya os podeis imaginar como estan los servicios y baños públicos, por llamarlos de alguna forma. Uno de los días que estuvimos en China, decidimos pasar el día en Datong, que es una ciudad muy con muchos templos y lugares de interés del interior de China. Se tarda unas 7 horas en un tren nocturno desde Pekín hasta esta ciudad. Bien, pues a la vuelta, nada más salir de Datong, me entró un apretón tremendo. Interiormente intentaba mentalizarme de que no era para tanto, porque sabía lo que me esperaba si decidía ir al baño. Al final, no tuve más remedio que arriesgarme e ir al aseo.Después de mentalizarme durante unos segundos, me levanté y me dirijí hacia la puerta del baño. Al abrirla, el hedor era tan horrible que echaba para atrás. Por supuesto, una vez en el interior, aquello era mucho peor. En el cagadero, de estos de que tienes que poner un pie a cada lado del agujero y practicar un poco tu puntería, había una especie de masa asquerosa, sin una forma definida, que no podría muy bien definir que era, pero que parecía que me iba a dar un bocado en mi culo si decidia ponerme en cuclillas encima de eso. El riego sanguíneo a mi cerebro estaba acabándose por la pestilencia del lugar, así que recapacité y di media vuelta, volviendo a mi compartimento con cara de haber sufrido una clara derrota . En esas 7 eternas horas de camino a casa, entre apretón y apretón, entre recapacitación e intento de reunir valor, repetí el camino al baño al menos 3 veces con completa convicción y decisión de que debía hacerlo; pero siempre, en algún momento entre el instante de abrir la puerta del baño y el de desabrocharme los pantalones, me arrepentía y volvía derrotado una vez más por la imponente pestilencia a mi compartimiento.

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Dejando a un lado el tema escatológico, algo que también llama mucho la atención de China son sus carreteras. En este país, tanto los semáforos como los pasos de peatones están de adorno. Ni los conductores paran en los semáforos en rojo, ni los peatones esperan en los pasos en rojo. Las señales de tráfico tampoco sirven para mucho, y aunque las carreteras aquí son anchas y espaciosas, las pinturas que delimitan cuantos carriles tiene una calle tampoco sirven para nada. Se podría decir que el tráfico aquí, en vez de estar regido por las leyes de circulación, esta regido por las leyes de la física: en una carretera China hay tantos carriles como coches en fila sean capaces de meterse, independientemente de las líneas que haya dibujadas en el suelo. El sistema es absolutamente caótico, y más teniendo en cuenta que en China circulan coches, motocicletas, bicis, carromatos, carros de mulas y peatones todo por las mismas vías. Aunque es un caos ordenado, porque sorprendentemente, parece que los conductores aquí saben de antemano cuando el coche que tienen delante va a hacer una “pirula” para esquivarlo, y en los cruces, parece un entramado de coches cruzándose y esquivandose mutuamente en 4 direcciones como si fueran hebras en un jersey de lana. |
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Uno de los días que estábamos en Datong, nos encontrábamos con Jordi y Marta, la pareja de catalanes aventureros que habíamos conocido ese día, y decidimos coger uno de los carromatos-taxi que deambulan por la ciudad, que sin duda sería la mejor forma de experimentar la sensación de caos del tráfico en China.
Aunque el conductor afirmaba que su carromato era de 4 plazas, a mi me cabían algunas dudas sobre la veracidad de eso. Cogimos 2 carromato-taxis para ir desde el centro de la ciudad al famoso restaurante de nuestro club de fans, y la verdad es que fue uno de los momentos más divertidos del viaje.El traqueteo de la lata aquella con nosotros tres dentro más el conductor por unas calles llenas de boquetes y baches mientras atravesábamos un mar de coches circulando aparentemente con movimientos completamente aleatorios fue una experiencia religiosa. |
La última es la foto de nuestro querído conductor al llegar a nuestro destino, cobrandonos los 50 centimos de Euro que nos había costado ese inolvidable viaje.
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Por último, mostraros todo un manjar Chino. Un día de los que estabamos en Pekín fuímos a parar a un mercado algo fuera de lo común. Allí se vendían escarabajos, escorpiones, gusanos y caballitos de mar pinchados en un palo como si de un pincho moruno se tratara. Por lo visto es una exquisitez. Aunque normalmente soy bastante atrevido en lo referido a gastronomía cuando estoy en el extranjero, esto creo que me supera, así que decidí pasar por alto esta exquisitez, y arriesgarme a irme del país sin haber probado tal manjar.
Y así queda la historia de mi viaje por China. Creo que le he cogído el gusto a esto de los países asiáticos, así que espero tener muchas más historias que contar que a lo largo de este año. Feliz año nuevo a todos.
Alex
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